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Los diez primeros minutos de un Plan de Catástrofes

El plan se mide en el tiempo que tarda el hospital en pasar de «ha ocurrido algo» a «el equipo está donde tiene que estar».

Un plan de catástrofes hospitalario se mide en minutos. No en el número de anexos, ni en lo bien que superó la última auditoría. Se mide en cuánto tarda el hospital en pasar de «ha ocurrido algo» a «el equipo está donde tiene que estar».

Y en ese intervalo casi nunca falla el plan. Falla lo que va antes del plan.

Dónde se pierde el tiempo

Cuando se reconstruye una activación real, el reparto de tiempos suele ser contraintuitivo. La decisión de activar se toma rápido: para eso están los criterios y quien está de guardia los conoce. Lo que consume los minutos es lo que viene después.

Localizar a las personas. El plan dice qué servicios se activan y con qué funciones. No siempre dice quién está localizable esa noche. Esa información puede estar en un cuadrante que cambia cada semana, en un listado impreso o en la cabeza del supervisor.

Llamar de una en una. Alguien tiene que coger un teléfono y marcar. Si son quince personas y cada llamada ocupa noventa segundos entre marcar, esperar, explicar y confirmar, la última se entera mucho después que la primera. Si varias no responden, hay que decidir sobre la marcha a quién avisar en su lugar.

Saber quién viene. A los diez minutos, quien coordina puede seguir sin saber cuántas personas están en camino. Las decisiones siguientes —pedir apoyo externo, derivar pacientes o ampliar el nivel de activación— se toman sin una imagen completa.

No es necesariamente un fallo de organización. Es lo que ocurre cuando un procedimiento diseñado para coordinar a cientos de personas se ejecuta con herramientas pensadas para coordinar a tres.

Qué cambia al automatizar el aviso

En el Hospital General Universitario Gregorio Marañón, la digitalización del Plan de Catástrofes permite activar protocolos que involucran a más de 1.000 personas y lanzar el proceso en segundos. El cambio no está en el plan: está en que el aviso deja de ser una tarea manual.

El aviso sale de una vez y por varios canales. Correo, SMS, llamada de voz y mensajería se combinan para aumentar las opciones de localización. No hay que decidir en ese momento por dónde contactar con cada persona.

Si el titular no confirma, el sistema escala. Los roles pueden definirse con titulares y suplentes en orden. Cuando alguien no responde en el tiempo previsto, el aviso continúa sin depender de que otra persona detecte el silencio.

Quien coordina ve el recuento en tiempo real. Cuántas personas han recibido el aviso, cuántas han confirmado y quién sigue sin responder. Ese panel convierte los primeros minutos en información accionable.

El registro también importa

Hay una parte que no se ve durante la activación y aparece al día siguiente: el informe.

Toda activación de un plan de catástrofes acaba en una revisión: qué se hizo, en qué orden, cuánto se tardó y qué no funcionó. Reconstruirlo a partir de la memoria de veinte personas y de un cuaderno de guardia lleva tiempo, y el resultado siempre es aproximado.

Cuando el aviso y la ejecución quedan registrados con hora, responsable y evidencia, el informe está prácticamente construido al cerrar la activación. Sirve para detectar que un servicio tarda sistemáticamente más, que un contacto lleva meses sin actualizar o que una fase del plan necesita revisarse.

También convierte los simulacros en algo medible. Sin registro, un simulacro dice si salió bien o mal. Con registro, muestra dónde se atascó y cuánto se tardó en resolverlo.

Las cifras del caso proceden de la ficha de proyecto publicada por VES. Antes de difundir este artículo debe confirmarse la autorización del hospital para su uso editorial.

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